Durante miles de años hemos mirado hacia arriba para intentar entender lo que ocurre aquí abajo.

Mucho antes de telescopios, aplicaciones y cartas natales calculadas en segundos, alguien observó que el cielo cambiaba siguiendo ciertos patrones. El Sol aparecía y desaparecía. La Luna crecía, menguaba y volvía a comenzar. Algunos puntos luminosos se desplazaban de manera diferente a las estrellas. Las estaciones regresaban. Ocurrían eclipses. Y aquellas observaciones comenzaron a registrarse.

De esa necesidad humana de observar el cielo surgieron calendarios, desarrollos matemáticos, astronomía y también astrología.

Por eso siempre me ha parecido demasiado simple reducir toda la conversación a una pregunta:

¿Crees o no crees en la astrología?

Antes de contestarla, quizás deberíamos hacernos otras.

¿Qué es realmente la astrología? ¿Una creencia? ¿Una filosofía? ¿Una religión? ¿Una herramienta? ¿Por qué una práctica con miles de años de historia sigue provocando tanto interés y, al mismo tiempo, tanta resistencia? ¿Cómo podría la posición de un planeta tener alguna relación con mi personalidad o con lo que estoy viviendo? ¿Qué dice la ciencia sobre eso? ¿Y qué ocurre cuando la astrología entra en conflicto con la fe?

La primera dificultad es que estamos intentando colocar una práctica muy antigua dentro de categorías bastante modernas.

En la antigua Mesopotamia no existían las mismas fronteras que hoy trazamos entre astronomía, matemáticas, religión y adivinación. Observar el cielo, calcular sus movimientos e interpretar su significado podían formar parte de un mismo universo intelectual. De allí surgieron sistemas cada vez más sofisticados de observación e interpretación celeste, y encontramos algunos de los antecedentes del zodiaco y de la astrología que posteriormente se desarrollarían en otras culturas.

Al principio, además, buena parte de esa interpretación no estaba destinada a decirle a una persona cuándo encontraría pareja o cambiaría de trabajo. El cielo era interpretado en relación con el rey, el Estado, las cosechas, la guerra y otros asuntos colectivos. Con el tiempo apareció algo que hoy reconocemos mucho mejor: aplicar esos ciclos a la vida de un individuo a partir del momento de su nacimiento.

Muchos siglos después, la astrología llegó incluso a formar parte de la enseñanza de importantes universidades europeas y mantuvo vínculos con las matemáticas, la medicina y la filosofía natural.

Esto puede parecernos extraño porque hoy pensamos en astronomía y astrología como disciplinas completamente diferentes. Y hoy lo son. Pero esa separación no siempre fue tan clara.

Tampoco ocurrió de un día para otro.

Entre los siglos XVII y XVIII cambió la astronomía, cambió la física, cambiaron las universidades y cambió la manera en que el conocimiento natural era evaluado. La astrología fue perdiendo progresivamente el lugar que había ocupado dentro de la cultura académica europea hasta quedar fuera de aquello que las nuevas instituciones científicas consideraban conocimiento legítimo.

La historia es fascinante.

Pero la historia no demuestra que la astrología funcione.

Y esa distinción es fundamental.

Que una práctica tenga miles de años no constituye evidencia de que sus afirmaciones sean correctas. La antigüedad puede explicarnos de dónde viene una idea. No puede demostrar por sí sola que esa idea describe correctamente la realidad.

Ahí llegamos a la pregunta incómoda.

¿Cómo es posible que Saturno, Marte o Venus puedan influir en mi comportamiento?

La respuesta más responsable que encuentro es esta:

no sabemos que lo hagan de la manera en que muchas veces se afirma.

No existe actualmente un mecanismo físico científicamente establecido que permita afirmar que Saturno, por encontrarse en determinada posición zodiacal, produzca un cambio psicológico específico en una persona.

También se han sometido determinadas afirmaciones astrológicas a pruebas controladas. Algunas han intentado establecer si una carta natal puede identificar objetivamente características de personalidad. Los resultados no han proporcionado la evidencia robusta y reproducible que sería necesaria para aceptar esas afirmaciones como hechos científicos establecidos.

Además existe otro problema que quien practica astrología seriamente debería conocer.

Los seres humanos somos extraordinariamente buenos encontrándonos dentro de descripciones relativamente generales.

La psicología ha estudiado este fenómeno, conocido habitualmente como efecto Barnum o Forer: una descripción suficientemente amplia puede producir la sensación de que habla específicamente de nosotros.

Eso representa un desafío real para la astrología.

Porque si cualquier interpretación puede aplicarse a cualquier persona, la interpretación pierde valor.

Por eso una astrología responsable debería poder soportar preguntas difíciles.

¿Qué parte de esta interpretación proviene realmente de la carta? ¿Qué parte estoy proyectando yo? ¿Estoy seleccionando solamente aquello que coincide conmigo e ignorando lo demás? ¿La interpretación es suficientemente específica como para poder estar equivocada?

Estas preguntas no tienen por qué destruir la experiencia astrológica.

Pero sí impiden que confundamos significado personal con demostración científica.

Y quizá aquí aparece una distinción mucho más interesante.

¿Necesita la astrología que un planeta emita alguna fuerza invisible capaz de controlar nuestra conducta para que una carta pueda resultar útil?

Una cosa sería afirmar que Marte causa mi irritabilidad, Saturno produce mis obstáculos o Júpiter trae mis oportunidades.

Esas son afirmaciones causales. Si queremos presentarlas como hechos físicos, tenemos que demostrar que ese mecanismo existe.

Otra cosa es utilizar los movimientos celestes como parte de un sistema simbólico y cíclico desde el cual observar nuestra experiencia.

En ese segundo modelo, el cielo no necesita convertirse en un control remoto.

El cielo proporciona ciclos observables. La tradición astrológica les atribuye un lenguaje simbólico. La persona interpreta ese lenguaje frente a las circunstancias concretas de su vida. Y después decide qué hacer con esa reflexión.

Esta diferencia cambia profundamente la manera de utilizar una carta.

Una carta natal deja de ser una sentencia sobre quién eres.

Un tránsito deja de ser una orden sobre lo que tiene que sucederte.

Una predicción deja de tener autoridad sobre la persona.

Dentro de la astrología humanista del siglo XX se desarrolló precisamente una visión menos determinista. La carta puede entenderse como una representación de ciclos y posibilidades y la interpretación como instrumento de autoconocimiento, no necesariamente como una maquinaria cósmica que obliga al individuo a comportarse de determinada manera.

Esa tradición insiste en algo que me parece esencial:

la carta puede presentar posibilidades; la persona conserva la decisión.

La carta no decide.

La persona decide.

Pero cambiar la palabra “predicción” por “herramienta” tampoco resuelve mágicamente el problema científico.

Una herramienta puede resultarnos útil sin que todas las explicaciones utilizadas para justificarla sean verdaderas.

Una conversación puede hacernos descubrir algo importante. Una novela puede cambiar nuestra manera de comprender una relación. Una metáfora puede permitirnos reconocer un problema que llevábamos meses evitando.

Nada de eso demuestra una ley física.

La utilidad y la validación científica son preguntas diferentes.

Quizá parte del problema histórico de la astrología surge precisamente de no haber distinguido suficientemente ambas cosas.

Durante siglos, astrología y astronomía ocuparon territorios intelectuales mucho más cercanos que los actuales. Después comenzaron a separarse. Nuevos descubrimientos pusieron presión sobre algunas ideas acerca de la influencia celeste. Cambiaron las disciplinas académicas. Cambió la medicina. Cambió la astronomía. Y también cambiaron las estructuras sociales, religiosas y políticas que habían sostenido determinadas prácticas astrológicas.

La marginación de la astrología, por tanto, no parece haber ocurrido porque una mañana alguien realizara un experimento definitivo, demostrara que toda astrología era falsa y cerrara el caso.

Fue un proceso mucho más complejo.

Y posteriormente ocurrió otra transformación.

Para una gran parte de nuestra cultura, astrología terminó significando algo como:

“Eres Cáncer, por eso eres emocional.”

“Eres Escorpio, por eso eres intenso.”

“Eres Géminis, por eso eres cambiante.”

Entiendo perfectamente el escepticismo frente a eso.

Yo también tendría problemas con una astrología que pretendiera describir a toda la humanidad dividiéndola simplemente en doce personalidades.

La astrología tradicional es considerablemente más compleja que el signo solar. Trabaja con planetas, signos, casas, aspectos, ángulos y diferentes ciclos temporales.

Eso tampoco demuestra científicamente que funcione.

Pero significa que reducir toda la tradición astrológica al horóscopo de doce signos es discutir contra una versión extraordinariamente simplificada de ella.

Y entonces llegamos probablemente a la pregunta más delicada.

¿Es compatible con mi fe?

Aquí no creo que debamos buscar una respuesta cómoda.

Si hablamos específicamente del catolicismo, el Catecismo de la Iglesia Católica es explícito: incluye la astrología y la consulta de horóscopos entre las formas de adivinación que deben rechazarse.

Ignorar ese hecho sería intelectualmente deshonesto.

Pero entender por qué existe ese conflicto nos lleva a una discusión bastante más profunda que simplemente mirar o no mirar los planetas.

La discusión histórica cristiana gira alrededor de la adivinación, el destino, la providencia y, de manera muy importante, el libre albedrío.

Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, se preguntó directamente si los cuerpos celestes podían ser causa de las acciones humanas. Su razonamiento preservaba algo fundamental: si los astros determinaran nuestra voluntad, desaparecería el libre albedrío.

Eso me lleva a una pregunta que considero más profunda que “¿puedo creer en astrología?”.

¿Qué autoridad le estoy entregando?

Si pienso que una carta conoce inevitablemente mi futuro, estoy haciendo una afirmación.

Si creo que los planetas determinan mis decisiones, estoy haciendo otra.

Si dejo de actuar porque alguien me dijo que “los astros no me permiten hacerlo”, he comenzado a entregar mi agencia personal a ese sistema.

Y si utilizo la astrología para obtener certeza absoluta sobre un futuro que todavía no existe, entro precisamente en el territorio que muchas objeciones religiosas han cuestionado.

Pero puedo encontrarme frente a una carta y hacer algo diferente.

Puedo preguntarme:

¿Qué está ocupando mi atención?

¿Qué patrón estoy repitiendo?

¿Qué conversación estoy evitando?

¿Qué decisión necesita más información?

¿Qué estoy intentando controlar?

¿Qué posibilidad no había considerado?

Y después cerrar la carta y decidir por mí mismo.

Eso no significa que la Iglesia Católica haya aprobado esta reinterpretación de la astrología. No lo ha hecho.

Tampoco convierte la astrología en ciencia.

Simplemente define con mayor precisión qué estoy haciendo cuando decido utilizarla.

Y quizás esa sea la pregunta que realmente me interesa.

Porque no solamente podemos entregar nuestra libertad a un astrólogo.

También podemos entregársela a una prueba de personalidad, a un gurú financiero, a un algoritmo, a una predicción económica, a las redes sociales, a una inteligencia artificial o simplemente a nuestra necesidad de que alguien nos diga qué va a pasar.

Tal vez por eso la pregunta “¿crees en la astrología?” se me queda corta.

No necesito creer que Marte controla mi conducta para encontrar interesante un sistema que lleva siglos utilizando ciclos celestes como lenguaje simbólico.

No necesito llamar ciencia a algo que la ciencia no ha validado para preguntarme si puede provocar una reflexión útil.

Y tampoco necesito entregarle mi futuro a una carta para utilizarla como una manera diferente de mirar el presente.

Quizá ahí comienza la astrología que vale la pena explorar.

No la que promete decirme exactamente qué va a ocurrir.

La que me obliga a mirar con más atención lo que está ocurriendo.

No la que decide cuándo debo amar, renunciar, invertir, quedarme o marcharme.

La que me ayuda a preguntar por qué estoy considerando hacerlo.

No la que sustituye mi criterio.

La que lo pone a trabajar.

Porque al final no necesito que una carta tome decisiones por mí.

Necesito tomar mejores decisiones.

Quizá una carta pueda ser un mapa.

Pero nunca debería quitarnos el volante.

Fuentes y lecturas

Aroney, Michelle. “Reassessing the Marginalization of Astrology in the Early Modern World.” The Historical Journal, Cambridge University Press, 2023.

The Cambridge History of Science. “Astrology.” Cambridge University Press.

Wyman, Alyssa Jayne y Stuart Vyse. “Science versus the Stars: A Double-Blind Test of the Validity of the NEO Five-Factor Inventory and Computer-Generated Astrological Natal Charts.” The Journal of General Psychology, 2008.

Catecismo de la Iglesia Católica, §2116.

Tomás de Aquino. Summa Theologiae, Primera Parte, cuestión 115, especialmente artículo 4.